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lunes, 12 de mayo de 2008

La Tortuga de Darwin; Todo es cuestión de adaptarse


Todo es cuestión de adaptarse; si no cuesta tanto. Uno se traslada a un entorno nuevo y tiene que poner un poco de su parte para amoldarse a los nuevos requisitos. Es obligatorio y aquí no puede uno ser selectivo, por aquello de que si confiamos demasiado en nuestras cualidades es posible que algún día por falta de previsión nos quedemos obsoletos y ya no estemos a tiempo de aclimatarnos, ni de desarrollar plumas, ni rabo. El caso es que vengamos del mono o de La Cabra, ya lo dijo Darwin (creo) tenemos que adaptarnos, no podemos ir de sobrados (menos aun en el mundo del teatro) por más que tengamos mucha confianza en nuestro producto. No es suficiente contar con una tortuga bípeda parlante resultado de sin igual trabajo interpretativo lleno del talento propio de un genio. NO. Tienes que ofrecer algo más; y sobre todo no puedes empezar ganándote la animadversión de algunos espectadores con determinadas acciones.
Cuando desde la producción de La tortuga de Darwin me comunicaron que (por primera vez en la historia del programa) los actores nos negaban una entrevista, casi no podía dar crédito. Vale que esas cosas pasan, pero… ¿Es que les costaba tanto? ¿Tan difícil era dedicarle unos minutos a alguien que a fin de cuentas lo que va a hacer es promocionar tu espectáculo del cual por cierto se había vendido apenas la mitad del aforo? ¿Es o no es ésto falta de adaptabilidad? Pero en fin, vamos a lo nuestro.
Esta es una obra de Juan Mayorga (Premio Nacional de teatro), con Ernesto Caballero, uno de los mejores directores de escena con los que cuenta España, al frente; contaba con el mejor equipo técnico (José luis Raymon, Ikerne Jiménez…) y con actores de renombre. Y todo hecho nada. Nada porque esta tortuga se quedó coja en su particular camino evolutivo del texto a la escena. Expliquémonos.
La obra comenzaba soberbiamente. Desde el primer momento la inconmensurable Carmen Machi nos transportó a su particular realidad. En cuanto puso el pie en escena el Guimerá quedó en silencio pendiente de su avanzar torpe y lento en la búsqueda del ocupadísimo historiador que la recibía a regañadientes. Desde ese instante su trabajo fue un despliegue de talento. Lástima que éste fuese casi el único fuerte de una obra que se tornó lenta, pesada, sin conflicto… y ésto fue, entre otras cosas, porque en lo escenográfico la verdad es que no se lucieron. La decisión de meter a todos los protagonistas en un terrario es la típica idea que está bien cuando se piensa pero que llevada a su ejecución pierde la fuerza que encerraba como concepto. Siendo original, y la verdad bastante práctica para el trabajo de los actores y el desarrollo de los acontecimientos, se veía falsa, antiestética, distorsionadora como soporte dramatúrgico. El trabajo en vestuario y atrezo fue bastante acertado, dando a cada uno lo que requería. De especial mención es lo que hicieron con Harriet (la tortuga) un ejercicio de caracterización brillante que supuso un elemento más para la composición y definición del personaje. Los del ámbito técnico también tuvieron su momento, con los dos espacios (el del historiador y el del doctor) bien elaborados, creando ambientes y yendo al compás sin imponerse.
Pero todo ésto no sirve cuando los pilares más básicos que sostienen la obra fallan. El primer gran error podría decirse que es el propio texto. Si bien cuenta con partes espectaculares de gran profundidad y carga, hay otras tantas que están de más, liando la narración. Tanta amalgama terminó por delatar un excedente de personajes que no aportaban nada como refuerzo de la trama. Ni la mujer del historiador era necesaria, ni tampoco el “doctor siniestro”. Que todos pretendían utilizar a la tortuga eso ya sabíamos; lo aportaba el historiador no era necesario rizar el rizo. Esto fraguó una pieza con transiciones insufribles donde lo único que hacía el espectador era esperar que retornara Harriet a su narración histórica.
El segundo de los grandes fallos, dicho esto con el mayor de los respetos hacia los compañeros de profesión, fue el encontrarnos en escena con unos actores (salvando a Machi) incapaces de empatizar, de transmitir, de emocionar. Definitiva y sorprendentemente ni Vicente Diez, ni Susana Hernández, ni Juan Carlos Talavera convencieron.
Carmen Machi, quien nos regaló uno de los mejores trabajos interpretativos vistos recientemente en el teatro español, fue la única que contó con el justificado beneplácito del público. Lo que esa mujer hace en esta obra pasará a los anales de la historia. Su transformación es tan absoluta que deben haberle salido escamas sobre los pelos. Inquieta y enérgica fue la mejor baza que jugó nuestro querido Ernesto Caballero en esta propuesta suya la tercera que por estos lares vemos en esta temporada.
De modo que resumiendo “La tortuga de Darwin” con permiso de Machi fue en términos generales poco agraciada; pero también fue una invitación a plantearnos dudas, un ataque serio a nuestras culpas, un repaso a nuestra historia por refrescar lo que hemos hecho.
¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? decía Cezanne hace tanto tiempo. Completando la pregunta y haciendo caso de su amo, Harriet preguntaría ¿Nos adaptamos?

Imanol Suárez; 12 de Mayo de 2008

miércoles, 16 de abril de 2008

"El apagón" (Producciones del Mar): La construcción del personaje o cómo ponerse encima un alicatado:


Esta tarea es muy fácil y sencilla. En primer lugar debemos de tener dispuestos todos los materiales que vamos a utilizar. Necesitaremos un cubo o en su defecto tambor eléctrico para poder hacer la mezcla; un par de paletas, un saco de cemento (mejor si es una bolsita de Panda) y un actor. Cogemos el cubo, echamos dentro unas cuantas partes de agua, la bolsa de panda y una buena proporción de superficialidad. Mezclamos bien y con la espátula o paleta se lo echamos por encima al actor. Luego cogemos los azulejos de imágenes artificiales, los de las poses exageradas, los de los gestos grandilocuentes y los rodapiés de las voces tontas y los pegamos sobre la mezcla bien colocaditos. Ya está. Ya tenemos el típico personaje de comedia; hemos construido el personaje. Puede empezar la función.
El pasado fin de semana se vino a Santa Cruz una de las compañías punteras del teatro en Canarias, Producciones del mar, uno de esos grupos que ha entendido que el teatro también puede dar beneficios y que da muestras del buen momento de salud que atraviesa la producción propia regional. Producciones lleva años apostando por un teatro más comercial y lo ha hecho entendiendo que todo ello no te debe llevar a ser cutre o simplón y carente de calidad. Si bien no siempre les ha salido como esperaban (que algunas cosas suyas son de olvidar) en este nuevo proyecto demuestran que pese a introducirse de lleno en la pura y blanca comedia no han perdido referentes de arte y su capacidad de montar comedias muy buenas. Cierto es que para los clásicos, como el que les habla, este tipo de producciones no son santo de su especial devoción (no te cuentan nada, son lineales y simples, sin trascendencia ni fondo) pero hemos de reconocerlo: la verdad es, que pese a todo, el fin de semana pasado en el Guimerá nos divertimos. Y esto fue en parte porque contaron con Severiano García, uno de los directores canarios que más nos tiene que aportar en el futuro y que seguro nos depara aun muchas sorpresas y fue también porque se construyeron un mundo en el que cada parte era artificial pero formaba parte de un todo que funcionaba perfectamente. Lo bueno, sobre todo es que estuvieron atentos a dejarnos claro lo que nos iban a mostrar. A oscuras (con una de las convenciones más originales jamás pensadas: si hay luz en la ficción no la hay en la escena y al revés) los actores en sus intenciones, en sus voces estridentes y fuera de tono nos metieron en su mundo artificioso que tras dos minutos dejó de resultarnos falso.
Por otro lado decir que aquel mundo se apoyaba en una escenografía (muy del estilo) acorde con todo lo dicho de manera que nada resultaba chocante ni estridente. Digamos también que aquello, aquel loft, la verdad es que no nos contaba nada y que podíamos haber prescindido él sin llegarnos a enterar, pero estamos hablando de lo que estamos hablando.
Ahora y cambiando de tema, otra cosa es otra cosa. Y aquí me voy a tirar a sus pies (cuando sepa los pies de quién son) de los técnicos de luz y sonido de la obra, perfectamente sincronizados con la escena (así sí da gusto). Luego vestuario y utilería no era sino más de lo mismo: banalidad confesa. Y finalmente los actores con su personaje a cuestas. Ya lo dijimos al principio pero maticemos para que todos nos entiendan.
Aquí los personaje estaban más construidos que nunca, sí; pero construidos no en el sentido que Stanislasky enseñaba sino en el de con ladrillo, cemento y arena. Estaban puestos sobre el actor, tanto que eran caricaturas. Se veían. Y esto hubiera podido convertirse en un desastre que arruinara la puesta. Pero eso ocurre si no tienes actores tan buenos como con los que Producciones cuenta. Supieron llevar sus personajes desde el principio hasta el fin sin que todo aquello se cayera, siendo superficiales sí, pero a la vez técnicos y concienzudos. Mostraron que los clichés también se pueden defender bien sobre las tablas y pocos, diré, pueden hacer lo que ellos hicieron.
Por tanto, después de todo si he decir si la obra era mala o buena, siendo maniqueísta, diré que buena no era (¡viva la ambigüedad!). No sé si ganó en la adaptación canaria este apagón de Peter Shaffer o si perdió enteros en la apuesta; pero sí diré una cosa, quizá buena no era, pero ¡qué bien supieron hacerla!
Imanol Suárez

martes, 15 de abril de 2008

"Un adulterio casi decente"… ¿Un teatro casi decente?


No, que no. Que yo no soy de esos, a mí no me gustan esas cosas. ¿Cómo voy a andar yo regocijándome en mi ego? ¡Por favor! No seré yo el que me retuerza de gustillo ahora al ver que finalmente mis sospechas se hicieron hechos. No seré yo el que les pase por la cara, aquello del “se lo dije”… aunque… ¡Se lo dije! ¡Ay! Mira que les advertí y no, ustedes nada. Es que era de cajón oiga, estaba cantado. Si es que son más inocentes ¡Ay! Miren que les advertí y ustedes como si nada: que no, que no ¿Cómo va a ser eso? Si es que al final siempre pasa lo que pasa. Que nos quieren tomar por nuevos o ¿estará mejor dicho que nos quieren tomar por viejos? Y esto no es nada nuevo. Lo que vimos ese fin de semana pasado en el teatro, ese acto de divismo, es tan antiguo como este arte en el que nos movemos. Es todo un clásico. Que aquí venía una de las actrices españolas, más distinguidas y con más profesión a sus espaldas era algo mucho más que cierto. Pero oye, que después el resto (actores, escenografía, texto…) sea, desde la propia producción, un nada, es que manda… (Sigan la rima ustedes que yo no me atrevo). Lo mejor era cómo nos presentaban la obra, que solo les faltó el megáfono, irse de barrio en barrio y traerse un pregonero y que éste en su sacrificado y poco reconocido talento entonara a voz en grito anunciando con solero que: Ahora les informo que viene a este teatro la insigne y mucho más que grandísima actriz María Luisa Merlo. Maria Luisa Merlo viene a representarnos una obra (de esas de reírse) hecha para ella, María Luisa Merlo. María Luisa Merlo viene. Viene María Luisa Merlo… también se informa que habrá otro actor en escena. (Pudiera rematar nuestro pintoresco artista, que ese actor era muy amigo de la Luisa, pero no le haremos tal faena que ya tiene ganado el pan y nosotros debemos dejarle que siga trabajando)
Así que eso es lo que nos encontramos y yo lo dije, y lo dijimos muchos, Y estuvimos en lo cierto.
La obra que nos presentaba “Maria Luisa Merlo” se trataba de “Un adulterio casi decente” una obra de Bernard Slade adaptada y dirigida por Jaime Azpilicueta. Era esta claramente una comedia que quería ser un drama y habrá de decir que si como comedia era demasiado simple (alguno dirá amable) para ser un drama la faltaba fuego.
La idea de empezar la obra cantando María Luisa Merlo no se qué canción (como suelo eliminar de mi mente los momentos traumáticos de mi vida pues no recuerdo qué cantaba) fue tan desacertada que a aquellos que fuimos a la sala queriendo no ser intransigentes tuvimos que hacer un esfuerzo enorme para contenernos. La obra transcurría en un espacio único, la habitación de un hotel donde se reunían secretamente dos amantes cada año. Era aquel un “decorado” que daba repelús con sólo verlo. ¿Pero es que no hemos aprendido nada de diseño de escenografía o sobre la evocación? ¿No nos ha enseñado la experiencia explorada tras Peter Brook? ¿Es que no hemos aprendido que el teatro es un arte semiótico y no mimético? Que alguien se lo diga a los de Txalo producciones que por poco se traen al teatro el hotel entero pieza a pieza con vigas, bloque y obrero canturrón con proclamas a las rubias incorporado y encima todo hecho tan cutremente que sus paredes contrachapadas se movían al simple toque con un dedo. Nada allí ayudaba y tanto era el desastre que entre escena y escena tenían que tirar de asistenta para que alguien les arreglara el entuerto y así hacer como que pasaba el tiempo. Las intervenciones en oscuro de esta figura con su posterior situación temporal directa al público resultaba más que desconcertante y poco fresco. Con el empeño realista, no nos dejaban nada a nosotros, nos privaron de uno de los principios por los que disfrutamos el teatro (el que está bien hecho): cuando los objetos no se muestran tenemos que soñar, emplear nuestra imaginación, para poder verlos. Aquí todo lo enseñaban y pa´lante que perdemos tiempo. Además poco se preocuparon por si había una estética o una ambientación, a ellos no les hacía falta. Nada de complicarse con cosas secundarias. ¿El vestuario? más de lo mismo, ¿la utilería? a juego, ¿la luz? con una vale, algún matiz y ya está bueno. ¿Qué hacemos para la música? pues nada de innovaciones ni rollos de esos, les ponemos una canción propia de cada año y va que chuta. Menuda hilada de desatinos. es que no había por donde coger aquello. Perdonen ustedes que me pronuncie tan agresivamente pero es que los montajes simplones me ponen un pelín de los nervios. Ay, si es que se los dije.
De entre toda esta cosa sólo se salvó el trabajo de los que se subieron a la escena (y dijeron más de 10 palabras). Tanto Pedro Civera como Maria Luida Merlo fueron convincentes y ligeros aunque tenían un toque de antigua tradición que incomodaba. Supieron ser cómicos y a la vez hilar con el drama y no ser ñoños. Pero es que pese a todo, ni aquí si quiera puedo darles mi sobresaliente. Una obra echa para que dos actores se muestren, convertir al actor (no su trabajo interpretativo) en el centro sobre el que gira la pieza y que todo esté orientado para que se exhiba una primera figura es algo caduco, aburrido y muy, muy viejo. ¿Qué tipo de broma fue esa de meter a dos actrices para que dijeran dos líneas de texto, además en unas intervenciones injustificadas, fuera de lugar y en lo interpretativo con poco acierto? Fue bochornoso en serio. Absoluto el desacierto de Azpilicueta quien parece, por ir concluyendo, que montó esta pieza con la mano en el bolsillo y no en el corazón.
Con todo, el teatro estuvo casi lleno y a los allí llegados (por cierto, pocos habituales) pareció gustarles y se rieron y se enternecieron. Pero para los que pensamos que el teatro es algo más allá de unas palabras dichas, vimos en esta obra una de esas ocasiones en las que este arte se prostituye de comercio para convertirse en otra cosa, defectuosa, algo que casi es teatro pero que no lo es entero; un teatro casi decente podríamos decirle; un teatro añejo.

Pd: Se lo dije.

Imanol Suárez

"Gatas" de Concha Busto: ¡Miau!

A ver como era esto. Es que hace algo más de un mes que no me pongo (a escribir críticas no sean mal pensados) y ya no me acuerdo. Esto de la crítica teatral es como un deporte de alto rendimiento: el exceso puede causarte cansancio y al poco que lo abandones te pasa factura. Por eso estoy aquí ahora mareando la perdiz y perdiendo el tiempo en vez de ponerme de una vez a hablar de lo que tengo que hablar, de uno de los acontecimientos de año, de algo tan importante como que Concha Busto nos haya estrenado aquí un… Cocha Busto (encima me repito). Y es que estrenar aquí tiene su aquello vamos a hablar claro. Cuenta y mucho, y eso no lo vamos a negar, el que por estas tierras (ya me voy soltando) la queramos con locura por la cantidad de momentos buenos que nos han hecho pasar sus producciones en las últimas épocas (quién puede olvidar su “Cyrano de Bergerac” dirigido por John Strasberg con el magnifico José Pedro Carrión a la cabeza o su más recientemente llegado “Sueño de una noche de verano”, espectáculo el cual por cierto no hemos “podío” comentar pero que nos trasportó enérgicamente a un mediterráneo “imaginao, lleno de grasia, saleo” y humor ¡Ea! ¡Amo allá! ¡Amo! ¡Amo! ¡Amo allá!……. demonio que no arranco…. ya… ¿por dónde iba? Ah sí (ustedes perdonen resaca post-navideña, es lo que tiene) bueno a lo que decía. Que estrenar aquí tiene su aquello. Cierto que es un lujo convertirnos en sede de estrenos nacionales tan importantes y se agradece pero, y no me resisto a comentarlo, siempre le queda a uno el regusto amargo de pensar que estrenan aquí (como en provincias decían antaño) por si acaso les falla algo y si falla que así no se enteren en la metrópoli del tropiezo. Y ésto, que en ocasiones ha pasado, convierte el estreno en preestreno y desluce el orgullo de ser los primeros y nos recuerda que somos islas, que aquí hay menos bombo teatral y que estamos más lejos… Por suerte, en este caso, “Gatas” no fue eso. “Gatas” fue un magistral despliegue de belleza escénica, de poesía y de talento.
Si bien, miren lo que son las cosas, en esta ocasión para sentirnos marginales no hizo falta que el espectáculo estrenado fuera un esperpento, que ya está Transmediterránea para recordarnos lo de la insularidad y todas esas tonterías. Que en pleno año 2008 tengamos que seguir suspendiendo funciones porque nos dejan sin medios de trasporte es para clamar al cielo. O ¡qué coño! para clamar en el despacho de Paulino Rivero a ver si se mueve y hace algo que ésto está apuntado en la agenda desde la transición. Si es que no se puede deslucir de esta manera algo que nos ha costado tanto esfuerzo. Porque luego pasa lo que pasa. Funciones en horas intempestivas, patios de butacas medio vacíos, despistes, enfados; cambios de última hora… tanta incomodidad que entre este humo se disipa el placer de ir a disfrutar de una buena noche de teatro.
Pero bueno todo ésto, de la escena es ajeno y allí se plantaron seis mujeres y con todo su arte de toda aquella vorágine externa nos abstrajeron y nos llevaron a su órbita recorriendo en el viaje un siglo entero, costándonos a todos algunas lágrimas, algo de impotencia y mucho sufrimiento. Las gatas unidas, singulares siempre, fueron las voces de unas épocas, los signos de un género.
Con respecto a como todo ésto se puso en escena es cierto que no innovaban en nada, pero de vez en cuando viene bien un todo a vista para que en el ejercicio del teatro no nos olvidemos de su artificio y de que el teatro a fin de cuentas es precisamente eso. Así empezaba todo, ellas en su camerino preparándose para traspasar la línea entre lo intra y lo extra escénico. Así el ritual iniciaba antes de que empezara el espectáculo en sí y continuaba siempre sin intermedios integrando los cambios y su espacio en un todo rítmico. El problema como siempre, fue el abuso, la repetición permanente de un mismo juego tras 10 veces llegó a ser cansina. Aunque no me quejo (estaba bien hecho).
Observando el espacio propio de la acción no aportaba mucho. Un solo salón que como ellas no cambiaba a lo largo del tiempo no nos añade nada, se limita a estar ahí y hacer relleno. Yo es que soy un contemporáneo y el intento hiperrealista, que además se queda adrede a medio camino, me descoloca los esquemas. El problema no es el hiperrealismo; el problema es que el espacio fue éste como podía haber sido otro y no hubiese cambiado nada. Pero he de reconocer que ésto es cuestión de gustos y que a fin de cuentas tampoco es para tirarse de los pelos. En lo que sí que insisto es en rechazar la repetición sistemática del efecto cuando la escena se abría y nos dejaba ver a las actrices. Esto agradaba a la vista y sorprendía contemplar la transformación de la escena con tan solo dos elementos nuevos (puesto sin ocultar el hecho) pero hacerlo tan repetidamente cansaba por lo que se rompía el ambiente creado durante la acción. Suerte que finalmente los dos espacios se igualaban identificando la escena con lo terreno, comunicándose directamente con nosotros para hacer del teatro (como edificio) un todo en el que todos estamos en constante dialecto.
Y es que este fue uno de sus pocos peros, porque digno de reconocer es que el vestuario por sí solo valía más que toda la escenografía: Menudo trabajo el de Lala Huete y el de Pepe Uría, era como si hubiesen enfrascado cada época y la hubiesen rescatado a su antojo. La iluminación estuvo más que exacta, y el sonido perfecto, pena fue que tuvieran sólo una pista de audio (Usar un único tema para toda la piezas no es de recibo). La dirección también estuvo bastante fina, muy bueno el trabajo de Manuel González Gil quien compuso (es uno de los autores también) una pieza necesaria con una carga (de profundidad) poética en cada línea. Sólo le critico los tiempos; en ocasiones la obra se tornó lenta y repetitiva. El juego usado para pasar por encima de la dictadura franquista sin entretenerse mucho, con ellas sentándose a tomar el te hasta por 4 veces seguidas después de un comentario cara al público casi bretchtiano pudo haber sentenciado la obra.
De todos modos todo esto no se nota cuando tienes en la escena seis actrices del más alto talento y nivel. Cuando cuentas en un mismo reparto con Rosario Pardo, Sylvia Abascal, Ana Gracia, Nieve de Medina, Paloma Gómez y Paloma Montero, no tienes que preocuparte de nada más. Hacía tiempo que en el teatro Guimerá no veíamos algo tan asombroso. Todas, en su ocasión, nos deleitaron con pinceladas de brocha gorda como sólo puede hacerlo un maestro (maestra en este caso). La palabra que mejor podría definir su trabajo es: Soberbio. Defendieron el texto no ya como gatas sino como fieras, e hicieron que pese a todos los trastornos de última hora y pese a las navieras mereciera la pena una vez más ir al teatro. Porque lo que ellas lograron no puede hacerlo casi nadie. Nos devolvieron el placer de las noches de buen teatro donde al arte es tan puro como eso. Que gusto haber vuelto.


Imanol Suárez (Enero de 2008)

lunes, 14 de abril de 2008

"El Cerco de Leningrado" por 2RC - ¿Quién dijo que era imposible?



Y: Lo han vuelto a hacer. Si es que lo sabía; tanto decir que no, que no, que era imposible y mira.
X: ¿Qué miro?
Y: Yo lo advertí, pero nada. No me creyeron; Y esas cosas duelen ¿Saben? Porque uno después de todo no es que sea un sabio pero en ocasiones sé lo que me digo.
X: ¿De qué?
Y: No, no, no; si es que tampoco había que ser muy inteligente para saberlo que estas cosas se intuyen al vuelo… ya lo sabía.
X: ¿El qué?
Y: Que lo han vuelto a hacer.
X: ¿Quiénes?
Y: ¿Como que quiénes? Ellos
X: Pero ¿quiénes son ellos?

(Pausa)

Y: ¿De qué estamos hablando?
X: No sé, tú has empezado.
Y: Porque te lo había dicho.
X: Eso ya lo has dicho.
Y: Pero es que muchos no me hicieron caso.
X: Eso puedo comprenderlo.
Y: Y al final…
X: ¿Qué?
Y: …que yo tenía razón.
X: ¡Vaya!
Y: Oye, te noto un poco escéptico.
X: Mira ¡qué observador!
Y: Pues tú lo que quieras pero yo lo dije.
X: ¿El qué?
Y: Esto; lo que ha sucedido.

(Pausa)

X: ¿Tú estás hablando de lo que ha sucedido?
Y: Sí.
X: ¿De que han vuelto a hacerlo?
Y: Sí.
X: ¿Estás hablando de ellos?
Y: Sííí.
X: Y ¿por qué no me lo has dicho antes?
Y: Si te lo he dicho.
X: Pues yo no lo tenía claro.

(pausa)

Y: Es que son ellos.
X: Si es que no te explicas.
Y: Yo no tengo culpa de eso.
X: Y ¿quién tiene la culpa?
Y: ¿Quién va a ser?
X: ¿Ellos?
Y: No, idiota.
X: ¿Quien tiene la culpa?
Y: Yo prefiero hablar de ellos.
X: Pero dime ¿Quién tiene la culpa?
Y: (A lo suyo) Lo han vuelto a hacer, si es que lo sabía. Son la compañía más grande de Canarias, una de de las que tiene mayor proyección y encima montan un Sanchís Sinistera. Es que no hacía ser muy inteligente para intuírselo; Fue digno de ver. Para más datos, venían de ser nombrados representantes de Canarias en los premios Max, habían cosechado un éxito enorme con su “Alcalde de Zalamea” y además 2RC, sin duda, está en su mejor momento (y lo demostraron). Jugaron a lo de siempre, a su fórmula que ya tienen patentada como su sello. El espacio escénico volvió a ser un mundo de sugerencias dotado con apenas unos pocos elementos. Así se ha ganado Rafa Rodríguez el título de “Creador” con mayúsculas. Allí no había más que un telón y una tarima inclinada pero con cada escena, a cada momento era distinto, veíamos algo nuevo, nos daban nuevas sugerencias, creaban mundos nuevos. Si es que estaba claro, yo lo dije.
X: Sí bueno ¿y qué mas?
Y: Que las actrices incorporaron todo eso en su trabajo, y nos llevaban de la mano de un lugar a otro envueltos en dulzura y poesía. Este es uno de esos montajes en los que nada falla: Tanto el vestuario como el ámbito técnico sorprendían por su factura y acierto. 2RC hizo gala de sus ya populares juegos de luces que generaban una atmósfera capaz de encerrarnos a todos en la historia para que no nos distrajéramos ni un momento.
Luego, claro, las actrices.
X: ¿Qué pasa con ellas?
Y: Que es lógico que la obra salga como salió cuando nos enfrentamos a una Lili Quintana más Lili que nunca y a una Blanca Rodríguez soberbia. Lo de Lili es sobrenatural. Se ha encontrado a sí misma de tal manera que ha alcanzado lo que sólo pueden alcalzar algunos pocos genios: una manera casi propia, (exclusiva) de interpretar, ha creado casi un estilo. Con esto Lili sigue recorriendo su camino de reafirmarse como una de las mejores actrices con que cuenta en estos días la escena canaria. Y Blanca, tan viva, tan cercana. Entre ambas compusieron un tandem de esos que sólo se pueden definir como perfectos.
Así que Rafa, nuestro Rafa, nos regaló su Sanchís haciéndolo de la única manera que él sabe hacerlo, es decir, bien, y como lo que es, uno de los mejores directores del momento.
X: Ya bueno y volviendo a lo nuestro ¿Quién tiene la culpa de que te enrolles tanto?
Y: ¿Es que no lo sabes?
X: No.
Y: ¿De verdad no lo sabes?
X: No.
Y: Es él
X: ¿Quien?
Y: El maestro.


Dedicado a José Sanchís Sinistera

Imanol Suárez

domingo, 2 de marzo de 2008

Equivocados. "El Señor Ibrahim y las flores del Corán"

A veces cuando uno va al teatro, cuando ya ha convertido el acto de ir al teatro en una monotonía clásica de fin de semana, equivoca o confunde las razones por las que acude a él, a su refugio o guarida de artes. Empiezas a establecer, a estamentarte cosas que esperar de él (resultados a desear), anclándote sin plantearte que lo de verdad importante no es lo que tú esperes del teatro, sino lo que él te pida a ti. Cuando el acto de entrega al teatro se confunde con una exigencia al mismo, los resortes de nuestra imaginación ya no imaginan, los mecanismos de su magia se gastan y a último momento esta acción (ir al teatro) se vuelve simplemente una manía tediosa y desgastada en la cual nos hemos estancado por costumbre. Por eso, cuando el teatro nos recuerda quién es el que manda, cuando pone a todos en su sitio, aprendemos que nuestro arte no es una reglamentación la cual debamos seguir paso a paso uno; dos; tres; cuatro. Aprendemos que más allá de nuestras miras están otras y que el arte teatral es verdaderamente grande. Por eso cuando el teatro hace su papel de padre es capaz de rompernos los esquemas, sorprendiéndonos y renovándonos.
Cuando llegó a Tenerife el montaje del CDN (Movido por “UROC Teatro” y ya sabemos por qué) el señor “Ibrahim y las flores del Corán” alguno incauto como yo quizás pensó que vería lo de siempre, lo que estaba esperando: Dos actores interpretando sobre la escena, una escenografía bonita, un estudio de luces… Pero una obra que tiene en su haber dos premios max (una la mejor adaptación teatral y otro al mejor actor para Juan Margallo), no baga por el mundo errante como una feria o un circo que repite de pueblo en pueblo su pasen y vean, montando su carpa, entreteniendo a los tontos con sus piruetas mil veces vistas. Una obra como esta se encuentra errante sí… pero en el mar de los milagros.
Pocas veces es posible decir (sin que nadie se ofenda además) que lo mejor de la obra fue sin duda el texto. Y no porque los actores nos aburrieran o no tuvieran gracia, o porque el resto del montaje fuera paupérrimo. Sino porque su poesía, su armonía, su esencia de libertad le hacía andar libre sobre todo, por encima de todo, destacándose, haciéndonos entrar en la atmósfera de una vida que no era la nuestra, en un París de los ´70 soñado… en un espacio donde las palabras son más que una sombra omnipresente.
El montaje de Ernesto Caballero (lo digo), no es lo mejor que ha hecho; pero nuevamente nos ha demostrado que tiene mucho que enseñarnos todavía, que tenemos aun mucho que esperar de él. Ernesto sabe lo que hace; lo haga del modo que lo haga. Esta vez lo ha hecho esencialmente con sus palabras (Adaptando el texto de ERIC-EMMANUEL SCHMITT), rompiéndonos las preconcepciones y nuestros aires de expertos (y así dicho sea de paso ¡Viva la auto crítica!)
Para hablar de los actores no sé si lograré la pertinente distancia para ser objetivo. Y lo digo porque Juan Margallo, como no, estaba soberbio; y lo digo, como no, por que Julián Ortega, a sus 26 años nos mostró el Momó más dulce, gracioso y tierno. Cierto es que se notó el hastío del tiempo pero llevan 4 años con la obra; hay que entenderlo.
Y no diré más. Y no lo haré porque no me considero digno; visto lo visto y aprendido lo aprendido no soy quien para hacerlo. Aunque bien pensado, quizás compense más, desde la modestia, seguir haciéndolo.

Imanol Suárez

sábado, 8 de diciembre de 2007

Circo Bálagan: Una de circo

Difícil. Difícil. Difícil. Difícil es expresar todo lo que uno vivía cuando veía al Circo Bálagan. Habrá de considerarse y lo utilizaré en mi defensa que hacer una crítica sobre circo no es lo mismo que hacerla sobre un espectáculo de teatro… En fin… ¿Yo qué sabía? ¡¿Cómo iba a saberlo?! ¡Quiero un abogado! No hablaré sin su presencia. ¡Esto es un atraco! Pillarle a uno desprevenido y pedirle que haga luego una labor de interiorización para la exteriorización “critical” de semejante rareza cuasi cual singularidad entomológica o vegetal. No es fácil, compréndanlo. Yo fui allí con mi entradita de 25 euros a mi butaquita de paraíso (que con lo que gano no me puedo permitir más) y ya desde el entrante uno sentía que allí iba a ocurrir algo único. Y ¿Cómo se lo cuento yo ahora? No, no hablaré. Bueno sólo diré algo.
Quizás para entendernos debamos, para empezar, poner en su sitio bien puestas todas las cosas. Lo primero: Bálagan no es exactamente un circo al uso, es más bien una franquicia perteneciente al compendio de espectáculos elaborados para la productora Dream Cast. Lo segundo que debemos tener claro es lo que fuimos a ver y de dónde venía: Bálagan es un espectáculo de sala fijo en la ciudad de los casinos, las Vegas, la ciudad donde todo es efímero como el dinero que se juega en sus casinos y donde siempre se encuentra un rastro de superficialidad. De ahí podemos deducir el público para el que fue concebido y con que concepto empresarial. Bálagan por tanto es una superproducción comercial fundamentada en la base del entretenimiento masivo (entiéndase por esto contentar al turismo). Tercero: Su fundador Misha Matorin nació casi literalmente en la carpa de un circo, lleva el circo en su sangre y a éste ha dedicado su formación, su profesión y toda su vida. Sentadas estas bases podremos comprender muchísimas cosas sobre ésta (por qué no lo reconocemos) carísima producción que durante la semana pasada nos logró conquistar, sorprender y emocionar.
¡Todo iniciaba magistralmente! Aun no se habían apagado las luces, no todos se habían sentado ya, pero empezaron a volar las maletas, esas maletas en las que viajaríamos hasta su convención. ¡Fuera nuestro mundo, que el circo va a empezar! Un clown calienta la escena. Número convencionales pero que nos tocan la nostalgia y reímos y reímos. Ahora sí ¡apaguen los móviles! El mayor espectáculo del mundo hace su inicio triunfal.
Tras él, el resto del espectáculo, hora y media de reloj sin parar. Corrección inglesa; no agotemos al personal. Con todo, fue un despliegue asombroso y al espectador se le pasó casi sin notarlo. Cierto es que pasaron de puntillas por algunos números y cierto es que algunos sobraban y tenían cuestionable calidad de ejecución. La chica de los aros, sin gracia ni destreza, me sobró junto con los chinos saltarines que en vez de acróbatas parecían ancianos reumáticos. Sobraban también la pareja de acróbatas equilibristas. El resto: espectacular. Especialmente emocionante fueron las telas y las correas aéreas junto con el poco explotado cubo. El mejor: el Clown quien con varios números de participación del público literalmente la armó e hizo que el Teatro Guimerá se rompiera las manos en aplausos al final. Por tanto, salvo las excepciones, el elenco maravilloso.
Este espectáculo jugaba con atmósferas teatrales que recordaban la tradición de la antigua Commedia dell´Arte. Un recurso para hilar y homogeneizar muy al estilo del Cirque du Soleil. Muchas otras cosas recordaban éste y el espectador que ello advirtiera no podía dejar de pensar cuánto Misha se había apropiado de su anterior empresa para traerlo a la suya. Por ello, es justo decir que, salvando las grandes distancias, Bálagan pecaba a veces de poco original y en ocasiones de plagio. Pero en eso fueron muy serios. El propio Matorin dijo muy claro: Nosotros no pretendíamos renovar el circo en este espectáculo. Por tanto el lenguaje hablado sobre el escenario terminó por ser el mismo pues solo hay uno, el lenguaje del circo. Aunque también es de rigor decir que sabiamente estaba bien articulado.
En el apartado escenográfico sólo cabe decir una cosa. Bálagan era un mundo aparte. La escenografía es cierto que no decía nada o casi nada. Evocaba vagamente las velas de un barco. Y eso, si estuviéramos hablando de teatro, sería algo que no podríamos perdonar. Pero, aparte de las sentadas bases precedentes, no podemos olvidar que el circo tiene otras claves, habla otro lenguaje como ya hemos dicho y en consecuencia se impone la utilidad y la esencia simbólica. Los gimnastas se movían con trabajada destreza por sus ambientes que entre escena y escena se conformaban. Esta escenografía en conjunción con la indumentaria conformaba un todo inseparable. Un vestuario mágico y muy bien realizado (con excepciones que no se que hacía Hulk allí) fraguó junto con la música un mundo único donde el espíritu de la Commedia flotaba. En lo técnico: la iluminación estuvo fantástica con un despliegue de watios y watios algo exagerado.
Pero bueno. No diré más. Ésta es mi crítica. No les puedo decir nada más. No tengo palabras para hacerlo y este no es el campo que controlo. Diré que el circo se guardará en mis recuerdos gratos y que me será difícil olvidarlo. Con esto yo me despido excusándome si no he sido capaz de plasmar todo cuanto era necesario. Pero este no es mi campo. En serio ¡yo no quería! fue un accidente. No hablaré sin la presencia de un abogado digo… quiero decir… No hablaré más.

Acaymo, una gaviota en Madrid y la utopía

Pocas veces el Teatro Guimerá había vibrado tanto y menos de manos de una producción canaria. Un teatro a rebosar aplaudía, bailaba y hasta coreaba (reconozcámoslo: a todos se nos escapó un gorgorito de cuando en cuando) las letras de unas canciones que iban directo desde la escena, pasando por el alma, hasta el corazón de los improvisados coristas, entiéndase, nosotros: la grada. Y cuando digo grada no lo hago por un error de vocabulario ni por querer quitar mérito o nombrar de mal grado a la concurrencia. Digo grada, y lo asiento con conciencia, porque aquello alcanzó por momentos niveles tan nunca vistos de entrega y casi fervor que cualquiera diría que parecía más un partido de baloncesto que otra cosa (¡si al final parecía que habíamos ganado el mundial!)) ¡Qué locura! Por Dios ¡qué catarsis! Cómo me alegro de haber vivido una de esas noches que se recordarán en los anales de la historia como una de las grandes noches del teatro canario. (¡Cómo me gusta un jolgorio oiga… y el sancocho!) Otra cosa es que la producción en su conjunto lo mereciera. Expliquémonos.
Ngr Producciones contaba con la experiencia de haber producido ya dos musicales (infantiles sí, pero musicales o ¿es que tiene menor dignidad la Cenicienta?) y su apuesta por infiltrarse en el mundo “adulto” cuajó de tal manera que acabó por granjearse el apoyo del Gobierno de Canarias, Cabildo de Tenerife, Ayuntamiento de Santa cruz, Cajacanarias… un efecto dominó tan en cadena que poco le faltó para contar con el beneplácito de la asociación de vecinos “el Guanchito Verde” y con el de los vecinos del bloque 1·3º A de la calle San Sebastián (si existiera). Pero bueno, eso no es lo importante. Cuando llega un nuevo integrante a la familia ¡¿Quién se para a pensar en no cubrirle sus necesidades?! ¡¿Quién repara en gastos?! ¡¿Quién dice nada de no haber hecho caso en mucho tiempo al viejo abuelo “Teatro”, al cual tenemos postrado en un sillón?! Es un musical CANARIO ¡Por el amor de dios! Al final, después de la gestación de dos meses, unos 22 millones de pesetas peso la criatura. Esto nos enseña una moraleja: si quieres montarte un Hamlet hazlo de Chimisay y no te faltará de nada. Pero ¿a quien le importa? El musical por fin ha llegado a nuestra casa, y yo, dicho sinceramente, me alegro.
Lo del musical en Canarias no es que sea nuevo, es que nunca nos habíamos puesto ha hacerlo tan a lo grande (o a lo medio grande que con esos 22 millones de pesetas en Madrid no pagas ni el vestuario): El caso es que entonces apareció NGR producciones. Su propuesta de levantar un espectáculo basado en los éxitos de la música de autor canaria no sólo era una idea fantástica, además contaban con el aval de ya haber enfrentado el género previamente lo cual les daba mucho crédito y les hacía dignos de confiar. Alguien tenía que ser el primero y ellos definitivamente estaban preparados. Ya habían andado el camino. Logrado el apoyo, Acaymo surgió como un repaso a las canciones más insignes de los años ´80 en Canarias con Temas de Palmera, Ataúd Vacante, Taller Canario, Los Canarios, Rosana, Caco Senante, Los Sabandeños y Mestisay, entre otros. Así sus guionistas (tres periodistas… no digo nada) compusieron la historia de Acaymo, la historia de muchos, la de alguien que se va a los madriles a intentar hacer sus particulares américas y triunfar. Roxana Schmunk definió a Acaymo como alguien que no quería renunciar a su utopía. Y así ella, sin renunciar tampoco a su utopía, en una tierra donde no hay profesionales del género, se puso el mundo por montera y fue a la búsqueda de Acaymo, su Acaymo. Por fin arrancaba su gran Musical.
Llegado el estreno, Acaymo generaba muchas dudas sobre cual sería el resultado final. Después de las dudas vino el espectáculo. Nos fuimos a nuestra sala y nos preparamos escépticos para lo que había de llegar. Empezaron los primeros acordes. Desde ese momento ya no habrían más especulaciones, nos disponíamos a ver lo que nos tenían que mostrar. Por fin arrancaba Acaymo. Y arrancó pero el caso es que de repente era como si nos hubiésemos equivocado de sala. ¿Pero esto no era un musical? Unos harapientos se arrastran por el patio de butacas mal vestidos; hacen una coreo increíble sí, pero… ¿por qué la gaviota en Madrid está rodeada de aborígenes? ¿Esto es Acaymo o Bentejuí, un guirre en el risco? (¿quizá debió llamarse así?) Y ¿qué hacen esos subidos a las telas? Bueno esto es muy bonito pero espero que me lo piensen justificar. Pasa el tiempo y de pronto se forma una parranda y ¡alaaaaaa! 40 magos con sus timples, guitarras y bandurrias a la escena. ¡Y se ponen a bailar! pero ¿esto qué es? ¿Acaymo o el día del orgullo? (y sí, mantengo lo ambiguo que hay en lo del día del orgullo por que en realidad estamos en el mismo nivel de lo rancio. ¿Qué pasaba? Que teníamos que justificar al gobierno de CANARIAS que el Montaje era CANARIO. Por favor, de verdad, déjenlo ya que parecemos de la raza aria con tanta tontería). ¿Por qué nos hacen esto? ¿Qué pretenden? Me asaltan muchas preguntas y lo peor es que sé que nadie me las responderá. Me indigné, me indiné mucho. Pero pese a todo seguí viendo el Show (por aquello de que todo puede mejorar) así que allí me quedé: Menos mal. Lo del inicio así fue un desacierto que llenó cerca de 20 minutos de espectáculo con algo que no tenía nada que ver con lo que nos habían prometido. Muy bonito; mucha magia; pero aquello no era lo que habíamos ido a buscar. Pero por suerte, luego lo arreglaron. ¡Y que bien lo hicieron! Enlazaron todo aquel esperpento con “Acaymo” al fin y pa´ Madrid con él nos fuimos. Allí encontramos el musical.
Qué bien aprovechado estaba el espacio en Madrid. Siempre me ha gustado la sencillez a la hora de exponer ideas. También la plasticidad. Unas estructuras móviles, transformables con unos pocos elementos (un cartel de metro, a veces unas mesas y ya). Sin duda supieron aprovechar los recursos que tan dúctil escenografía les permitía y en ningún momento nos pudimos aburrir (que venga Lepage y aprenda). Los actores se ayudaban y hasta integraban la escenografía en su trabajo y con un gesto o una forma de apoyarse ya nos trasportaban a otro lugar. Por tanto, mérito más que merecido para Susana García por crear ambientes sencillos sin recargar. ¡Qué bueno lo del cartel de metro, en serio!
No podemos decir lo mismo del diseño de vestuario y esto por dos razones: la primera porque sea quien sea el que diseñó los trajes de aborígenes (llámale traje aborigen llámale cosa) merece que le retiren el título. Aquello era de vergüenza. Ver a nuestros pobres chicos intentando defender algo que el vestuario echaba por tierra dolía y mucho. En una producción semejante tales horrores no se pueden permitir. El mal gusto nunca más. La segunda razón es que por más que luego estuviesen bien vestiditos y que la indumentaria definiera bien a cada uno, no pasaba de ser un vaquero de Zara aquí y una camisa Mango allá. Otro de los fallos, aunque no garrafales de la producción fue todo el ámbito técnico de luz y sonido. Para empezar no creo que ninguno de nosotros agradezca los sintetizadores. Puestos a trabajar en este nivel búscate una buena orquesta y no te pongas a tocar con un teclado al estilo Pepe Benavente. Sí es necesario decir, por otro lado, que los músicos, con sintetizadores y todo, estuvieron geniales en tal punto que casi ni se notaba. La pena es que la sala tenga tantos problemas de acústica y que sean tan difíciles de solucionar. Casi no se les entendía nada a los que cantaban. Si no fuera porque nos sabemos las letras… Y la iluminación: deslumbrante pero recargada, exagerada y por momentos molesta; aunque esto es un musical y por tanto tenemos que habaren otras claves que son las propias del género y en ese caso no se les puede poner ni un pero. Sin justificación esta aun lo del proyector. Aun bueno reconozcamos que era muy, muy espectacular.
En lo que respecta a la estructura de la pieza parecía sencillamente que no había, sin más. Cuando se propusieron hacer un repaso de canciones lo hicieron tan ceñudamente que no repararon en que, sobre eso, algo nos tenían que contar. Y claro, si yo quiero meter una canción y no tengo originalidad para poderlo justificar es lógico que pase lo que pasó. Esta es la historia de un calzador, sin duda alguna. Canción tras canción sin justificar y cuando quiero justificarlo es tan artificial que lo nota hasta un niño.
Empezamos ahora con la parte interpretativa que aquí como estoy sin tiempo no me voy a poder explayar aunque lo haré en primer término para felicitar a Marta Viera quien era sin duda la protagonista indiscutible. Aunque no lo era en el guión sí lo era cada vez que salía a escena. Qué arte, que trabajo más completo. Un talento que nadie puede negarle a una de las mayores promesas de nuestro teatro y que a buen seguro nos guarda aun muchas noches de buen arte a su lado. De Maribel Cutillas decir que hacía mucho tiempo que no veíamos a alguien cuyas tablas le dieran tanta seguridad, seguridad necesaria para afrontar grandes retos como éste. Luego el trabajo de los protagonistas: Ardiel Ruiz Zaya y Abraham Gómez. No estuvieron mal pero es que las otras dos se los comieron. El resto del elenco demostró entrega, virtuosismo, gracia y un más que buen saber estar. Supieron afrontar el reto y dieron vida a un musical que sin ellos hubiera quedado cojo.
Así que Roxana supo escoger su equipo, encontró su Acaymo y levantó su musical; consiguió hacer real su utopía. Lo hizo con la soltura con que sólo pueden hacerlo los grandes maestros y pese a su horrible “Overtura Aborigen”, Acaymo se convirtió en un maravilloso proyecto que muchos le agradecemos de corazón. De verdad ¡Felicidades!
Y bueno por cuestiones de tiempo y espacio no me extiendo más. Cierro aquí este comentario pensando que hay esperanzas en Canarias, después de todo, de tener un gran teatro como éste y que, como es lógico, se debe poco a poco mejorar. Desde mi criterio felicitar a todo el equipo por enfrentar el género con tanta diligencia. Nos os preocupéis por los fallos que los errores con el tiempo se corregirán. Pensad que habéis hecho que el musical en Canarias ya no sea una utopía.

domingo, 2 de diciembre de 2007

“Móvil”, de Sergi Belbel: Un desliz lo tiene cualquiera.


A veces al teatro no hay quien lo entienda. Es el teatro un mundo indescifrable donde todo tiene cabida y la sorpresa en cualquier momento puede llegar. A veces, ocurre que de pronto viene alguien, que pasa sin que lo advierta casi nadie; una compañía de pueblos, que a duras penas si llena medio teatro, en la que nadie repara y que se marcha igual que como si no hubiese venido. Y esa compañía que no vio casi nadie es extraordinaria, lo mejor que por la sala ha podido pasar en mucho tiempo pero pocos son los que han ido a disfrutarla porque nadie la conoce y eso en este mundo es igual que ser un cero. Otras veces ocurre, se reúnen en un espectáculo todos los grandes nombres, el bombo y la fanfarria, la algarabía y los alborotos ¡que suene la campana oiga! y que suene bien fuerte, que no deje de sonar, que en este teatro oiga este fin de semana disfrutaremos de los más dignos padres de nuestro arte que desde la curia o la alturas (vaya usted a saber donde viven las criaturas), nos han venido a visitar. Y lo anuncian en las ferias y lo anuncian y lo anuncian y no lo dejan de anunciar y todos como locos -¡Llévame al teatro mamá! que viene una artista, que a mi la verdad me suena de algo, y dicen que será digno de recordar. Y el teatro (casi) se llena y es para ver a este o a tal y lo que pasa es que acaba la obra y uno piensa en los 20 euros de su entradita y no sabe si tiene que aplaudir o si en sus garantías como consumidor con la entrada ha adquirido el derecho y se le permite llorar. Definitivamente, al teatro no hay quien lo entienda. Y estas cosas suelen pasar.
Cuando nos dijeron que venía a Canarias el montaje de Móvil, una de las últimas obras del maestro Sergi belbel, dirigida por ni más ni menos que Miguel Narros para su propia compañía, aunque tuvo su paso por el Centro Dramático Nacional, obra además producida por el gran Celestino Aranda que contaba con la goyizada (permítanme el termino) Maria Barranco y otros nombres pues… poco teníamos que dudar: era uno de los eventos del año. Pero después de tanto nombre y de tanta cosa la obra al final lo que fue, fue sencillamente nada. Esa es la palabra. Móvil era un gran texto (se notaba) y ellos lo pusieron en escena. Punto. Pero en esa puesta no había nada, sólo vacío; palabras por palabras. Desde el primer momento se notó la soledad de la oración en la tristeza de su verbo, en el sustantivo no valorado, el adjetivo sin nombrar, el artículo desvencijado, la conjunción sin identidad, los actores en su mundo… privando a la pieza de estilo, pues cada uno era un género y así claro señores ¿quien da más?
Yo creo que el principio de todo fue la escenografía y después de ella, ya rodado, vino todo lo demás. Desacertada e inútil son términos que la definen sin exageración alguna. No sólo no creaba espacios ni atmósferas sino que más bien las rompía. Narros quiso jugar su montaje con el signo de la simultaneidad para fluir las escenas de una pieza tan larga. Pero los actores embotados en la corbata todo el tiempo, sin juego con lo que estaba en la parte de atrás, esos paneles móviles, esas… cosas inservibles que estorbaban y distraían, que al principio hasta parecían sugerir un aeropuerto pero que como una ilusión óptica se disiparon en cualquier identidad. ¿Qué era aquello? Del vestuario nada que nombrar. Sobrio, aburrido, seco. Lo más llamativo fue cuando se lo empezaran a quitar. Mención especial merece la braga-faja de la barranco ¡No la olvidaré en mi vida!
Del aspecto técnico, luces y sonido poco a parte de que chirrió por todos lados. La motivación aun deben estarla buscando en alguna parte. Al margen de poco integrados, los sonidos eran tan desconcertantes que movían a uno a gritarles ¡cómpraos un politono!!
Nos falta nombrar a los actores quienes demostraron entrega pero no funcionalidad. Tampoco unidad ni conexión. Ya lo dije antes, cada uno jugaba su estilo y en ese desvarío el espectador andaba desconcertado siguiéndoles a duras penas de aquí para allá. La Barranco con su maravillosa bis cómica, que hacia gala de maestría interpretativa, sintió la falta de las tablas, la ausencia prolongada por 20 años. Mélida Molina, dramática y resuelta era la que mejor conectaba con ese estilo sórdido de Belbel y por consiguiente la que mejor nos supo descubrir lo que la pieza no quería contar; pero estaba perdida en su isla (a la que nunca llegaron “los otros” ). Marina San José tampoco destacaba en su papel de hija; mecánica aunque dulce, nos faltó algo de fuerza para poder creérnosla. Dejo para el final el que sin duda fue el caso más singular: Raúl Pietro jugaba y esto de forma literal y esto tiene su parte buena y esto tiene su parte mala y ahí es donde todo se echa por tierra. Muy metido en su papel de hijo infantilón e inmaduro cuidaba mucho la arquitectura de su personaje, pero sus excesos: ladriditos, saltitos, caiditas… le destrozaban todo el trabajo. Con cada una de sus salidas, el publico empezaba a ver otra obra distinta de la que había en cartel en ese momento. Faltó sin duda la integridad de un equipo.
Así que Narros esta vez no estuvo fino. No supo hilar la pieza, darle unidad ni sentido, ni tampoco innovar. El mismo director que nos conmoviera con "¡Ay, Carmela!" nos trajo ahora un montaje plano sin riqueza alguna. Tal vez, las prisas le pudieron más que su maestría; convertirse en una franquicia tenía que pasarle factura. Aunque Narros se lo puede permitir. Es uno de los mejores directores de España y como todos se puede equivocar. Un desliz lo tiene cualquiera.
Por tanto después de tanto nombre, la fanfarria y todo lo demás, al final la pieza era poca cosa, aunque será mejor decir que esperábamos demasiado e igual no fura tanto mala como desengaño. Estas son las maravillas del teatro. Debemos aprender de esto lo que el Teatro nos quiere enseñar. A veces es mejor informarse y no dejarse engañar. Miremos la pequeña compañía de barrio, apoyémosla porque ellos serán el futuro de nuestra escena y no sólo los grandes nombres nos tienen algo que enseñar. La segunda lección que nos queda de todo esto es que “los grandes” también se equivocan pero como somos humanos estas son cosas naturales y se las debemos perdonar.

jueves, 8 de noviembre de 2007

"Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal", homenaje a Mihura. "Todo" un Centro Dramático

Tuvimos la suerte, hace unas semanas, de encontrarnos con el regreso a Tenerife de todo un centro Dramático. Y todo el Centro Dramático fue espectáculo. Y Digo lo de todo y recalco lo de espectáculo por que con su llegada aquí se armó una muy buena. Y es que a parte de los actores, que estuvieron realmente impecables, los que les acompañaban (el correspondiente equipo técnico) también hicieron (esto fuera de la escena) su parte de espectáculo. Hasta aquí viajó hasta el utillero. Y Claro, en esas circunstancias por muy buena que sea tu obra, difícil es que no termines cabreando al personal. Hasta tres ayudantes por cada técnico era un gasto energético innecesario que la verdad por mucho que me guste el teatro a mi no me gusta pagar. Y el problema es que lo pago yo, y lo pagan todos los demás. Y pagar a alguien para que reparta el orden del día no se yo si me gusta. Vale que es el Centro Dramático pero no por ello hacía falta un ejército de técnicos, ayudantes del técnico, suplentes del técnico, suplentes del ayudante del técnico por si el técnico se pone malo… por ser un Centro Dramático no la tienen que armar; no es necesario insistir en el drama. Mejor se hubieran limitado a la comedia (que eso sí que se les da y Don Miguel debe andar bien contento con su homenaje) y de paso debieran recordar que el teatro es precario por naturaleza, enfermizo desde siempre y que ahora ellos no lo van ha transformar en un monstruo dos cabezas por más que se gasten dinero en técnicos (Ya sé que hay que mantener a las líneas aéreas pero la paciencia tiene un límite).
Ahora mejor hablar de la obra no sea que con tanta cosa me gaste yo también en los técnicos más de lo que ellos deben y también por que es de mal gusto hacer una crítica teatral y no mentar la obra. El centro Dramático nos trajo hasta Canarias una recopilación de algunos de los textos y de los personajes más hilarantes del poco valorado Miguel Mihura, grande entre los genios del panorama cultural de siglo pasado. Don Miguel, siempre presente, aun también ausente y todos expectantes. Expectantes los actores, expectantes los espectadores, expectante hasta el aire. Pocas veces se logra una voz de clamor tan clara. Un salón de casa que ni es salón ni es casa acoge a unos señores que ni son señores ni son nada y a la vez son de Logroño y en un mismo tiempo son una vaca ourensana. Dos de ellos esperan y suena la campana: ¡dong! una; ¡dong! dos; ¡dong! tres… así hasta diecisiete (que las conté) -pues sí que se ha hecho tarde- y de repente todo encaja. Empieza la locura ¡y todo desde las primeras palabras! Todo medido, todo milimétrico, allí no falló nada. La escena se componía de una mesa (que por seguir la costumbre diremos que ni era mesa ni de ser mesa dejaba) que para todo se usaba: era asiento, era tarima, era corredor y los actores, allí subidos, componían portales de belenes y teatrillos y mil cosas varias. Sillones alrededor, unas salidas y una lámpara, doce actores paseábanse por la esperpencia humana. No había nada que desencajara; la atmósfera de “no ser” estaba perfectamente conseguida, la luces iban a un tiempo y en aquel absurdo no había época pero tampoco faltaba. Todos esperando a Don Miguel y mientras esperan, hablan, hablan y hablan. Felicitemos por tanto a José Luís Raymond (creador de la escenografía) por demostrarnos que la sencillez, lo teatral y lo efectivo no tienen que estar reñidos ni entre sí ni con la capacidad de crear ambientes: lo irregular y lo sin sentido para resumir la esencia de lo que las palabras contaban.
Siguiendo con los aciertos miremos los vestidos: ¡menudo el vestuario! definiendo a cada uno en si mismo, del ladrón hasta la monja y que bien vestida Nuestra Señora de los Calditos. Tampoco falló la música, ni el sonido. Hubo hasta una pieza de ópera-zarzuela que probablemente se convertirá en un autentico hito. Y la iluminación, perfección esa es la palabra. En resumen: eran demasiados técnicos, cierto; pero que bien trabajaron (los que trabajaban).
Lo mismo hacían los actores. Qué gusto, qué tablas, qué técnica. Eso es actuar. Y no es que lo tuvieran fácil en una obra en la que constantemente hablaban y hablaban y hablaban y después con el mismo peso de pronto se callaban emulando al mejor Bekett. Partían de un texto que probablemente era la primera vez que se interpretaba pues había sido escrito como viñeta o como artículo en su mayor parte, no como parte de una obra de teatro. Tampoco, por eso mismo, podían componerse un todo pues no había un todo. “Todo” eran fragmentos seleccionados (maravillosamente hilados por Ignacio del Moral y Ernesto Caballero) y por sí solos poco ayudaban. Por otro lado, difícil alejarse del cliché, difícil no actuar, y todo ellos lo lograban con una maestría digna del más preparado acróbata. Carmen Gutiérrez, Natalia Hernández, Susana Hernández, María Jesús Llorente, David Lorente, José Antonio Lumbreras, Jorge Martín, Carles Moreu, Rosa Savoini, Natalie Seseña, Juan Carlos Talavera y Pepe Viyuela lograron lo que pocos habían conseguido en mucho tiempo: una interpretación completa, compleja y lo mejor de todo, sin tibiezas ni un solo descuido. Todos de acuerdo. Una de las obras de teatro más completas de las últimas fechas.
Por tanto, con la obra, todos muy, muy contentos pero los responsables del Centro Dramático Nacional, en especial su director, Gerardo Vera, debieran replantearse su política de giras pues pagar dos veces (una por la producción y otra por girar) un mismo espectáculo es algo que a nadie gusta. Déjense ya de grandezas que puede que ustedes no, pero aquí ya estamos hartos de pagar la insularidad y no nos gusta que nos la vengan recordando. Bastante tenemos con depender muchas veces de si tenemos o no tenemos barcos para tener o no tener teatro como para que encima resulte que al final nos encontraremos con que las visitas del Centro Dramático deberían estar prohibidas por el código penal porque son un robo y un auténtico asalto (pese a todo su buen teatro).
Imanol Suárez

sábado, 27 de octubre de 2007

La Antígona que quiso ser Creonte

El pasado fin de semana vivimos en el teatro guimerá una de esas noches donde más que nunca el teatro fue en una discusión sobre lo que es en si mismo y lo que debería haber sido. En las puertas del coliseo todos esperaban y en su interior todo estaba preparado. Una escena llena de ceniza (dicho esto entre comillas) un árbol (esto dicho entre interrogaciones) y un trono que por entonces permanecía vacío. Se inició entonces el ritual: se abren las puertas, entran los espectadores (los pocos que fueron: que no muchos se enteran del dos por uno y 15 euros por el paraíso es un precio muy alto), se apagan los móviles, suenan dos campanas, entran lo actores, se sientan en los laterales, suenan tres campanas, se funden las luces y los actores de pronto son personajes que deambulan encapuchados siendo una suerte de coro que clama en la nocturnidad y en la alevosía. Teatro. Por fin, teatro.
Vaivén Producciones venía desde Mérida, partiendo de su Euskadi natal, para presentarnos en Canarias su Antígona. Y esto es precisamente lo que fue: su Antígona. Acabó la función y como siempre los coros a las puertas (no podríamos vivir sin ellos). Una conclusión clara: Esto no era Antígona la universal pieza de Sófocles sobre el rango y el valor de los poderes humanos y divinos. Esto era Creonte, un drama sobre la soledad y la pérdida. No es que esté mal; es sólo que podían haberlo advertido para que no fuésemos desencaminados al teatro y pillásemos el camino correcto por el que debíamos introducirnos en su esfera.
A partir de aquí, ¿errores? eso nos pasa a cualquiera. Vaivén propuso que su obra fuera teatro y antes que nada teatro y lo consiguió. Los actores junto a los personajes, tan cerca pero tan alejados, es algo que sin ser nuevo se agradece en este mundo en el que algunos por ello te pueden llamar trasnochado. Cierto es que se notaba que no estaban muy a gusto con una escena que habían tenido que recortar para que literalmente cupiera. Y cierto es que en una escena casi vacía, sobraba y más que sobraba el susodicho árbol. Los terrenos del poder y de la nada ya estaba marcados (las cenizas después de la guerra y el trono que es lo único que queda y donde Creonte se aísla cada vez más). Pero el árbol ¿para qué el árbol? mejor se hubiese ahorcado allí Antígona al ver que le robaban su obra y le quitaban, le arrebataban su propia muerte. Cierto es que no estuvieron acertados con el vestuario (que mejor se hubiesen vestido todos de negro) y que decir de la música… de la música mejor no hablar. Mejor no hablar de la técnica en general. Más que nada por que el teatro por regla general suelen hacerlo los actores y todo lo demás no debe afectarnos para decir que ahí si estuvieron acertados. Unos menos, otros mucho más, en la obra (no digo Antígona por no enfadarla más) había un buen nivel actoral. Mención especial merece el joven hijo de Creonte que ante los desvaríos de un Creonte excesivo y empujón salvaba la escena cada vez que entraba. ¿Y la mejor? la que menos sale. La mujer del autoproclamado rey que daba tanta verdad que provocaba moverte en el asiento de gusto ¡eso era actuar! Ahora Antífona: la señora Antígona. Decir que no podía ser tan mayor y que no podía ser tan vasca son dos desvaríos que pocos se atreverían a soltar. Antígona vieja, rotunda, firme y segura y no decir más. Los que dicen que Antígona tiene que perder su acento, que en pocas ocasiones se notaba, se tiran piedras sobre su propio tejado. Somos canarios y tenemos acento y llevamos años luchando para no tener que perderlo. Disfrutemos del teatro y ya está.
El teatro en el Guimerá cada día parece más un juego de quiz: A saber que nos tocará la siguiente vez. No es que me queje, que tenemos una suerte única. Pero considerando lo visto y lo oído, la verdad es que no sabe uno qué pensar. Sea un ciclo de clásicos o un baile de concejales. Antígona vino y los actores sobre su escena hicieron teatro y en ocasiones hasta buen teatro. Antígona debió llamarse Creonte, pero por ello el teatro no se va a derrumbar y hay que ver de todo.